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Me profetizaron que yo sería como Ana…  ciertamente Dios hizo un pacto conmigo, al igual que lo hizo con ella.

Cuando Edward se fue por primera vez a Guatemala, me llamó en varías ocasiones hablándome, emocionado, de lo que le estaban profetizando por allá sobre sus hijos.Una de esas noches, me tiré de rodillas y le supliqué al Señor que si me iba a dar un hijo, fuese un momento especial, un momento inolvidable para ambos. Yo sé que Él escucho mi ruego y quiere restaurarme, antes de que yo conciba. 

Las frustraciones comenzaron en mi vida desde muy temprana edad. Recuerdo tendría alrededor de algunos cuatro años. Yo estaba en una guagua sentada en la falda de algún hombre adulto que no recuerdo. Sólo sé que tocaba mis partes íntimas por debajo de mi pequeña falda. No dije nada a nadie.  

Luego entre los juegos de niños, la ignorancia y la curiosidad sucedieron cosas que tampoco debieron ocurrir. Esto terminó gracias a un sueño que nunca he olvidado. Soñé que yo estaba “jugando” a mamá y papá a escondidas cuando de repente llegó mi papá a recogerme en un auto. El me llamaba ¡Dámaris, Dámaris!… pero yo estaba tan avergonzada que no me atreví a salir. El se fue y me dejó.   Este sueño tan sencillo que me parece, ahora de adulta tuvo un significado importante y determinante. Esta niña de algunos once años interpretó y sintió que era una advertencia de parte Dios. Sabía si seguía “jugando” de esa forma cuando Dios llegara a buscar su Iglesia, yo me iba a quedar. Desde ese día estos juegos pararon.

Mis padres ya se habían separado para este tiempo. Tal pareciera que luego de esto también nosotros nos divorciamos de la Iglesia y de Dios. Al papi no estar en la casa, quien era muy estricto, ya no hubo cosa prohibida para ninguno de nosotros. Mi dos hermanas y yo corrimos a ponernos pantallas, mini faldas y pantalones “super” cortos y apretados. Ya en la adolescencia, hombres adultos se aprovecharon de mi ignorancia. Me arriesgué tanto, sin embargo con todo y eso… dije y me mantuve firme de que entregaría mi virginidad, como regalo, sólo al hombre con quien me casara. 

A los veintiún años rompí con mi propia regla. Afloraron en mi sentimientos de culpa, dolor y verguenza. A los veintitrés años llegó Edward a mi vida, quien  ha sido desde un principio, un caballero, un hombre maravilloso y atento conmigo. Edward no tiene culpa de mis frustraciones y traumas… pero si ha sufrido muchas de las consecuencias de ellas. Ya después de casados empecé a ocuparme de tener dos trabajos, estudiar y hacer la Maestría, participar en los comités de esto y aquello, involucrarme en cuanto proyecto aparecía… por que según yo, sólo podía funcionar, sino era bajo el “stress”. Claro que después que regresaba a casa “muerta del cansancio” sólo quería llegar a dormir. Y así poder evadir mi rol de esposa.

Ya convertidos al Señor, participamos en un retiro de la Iglesia. Una de las conferencias iba dirigida exclusivamente a la mujer. Luego de un mensaje precioso se nos entregó una corona como símbolo de que éramos las princesas de Señor. Esa noche todas debíamos vestir como princesas y lucir la corona que se nos había entregado.  Recuerdo fuimos a casa a cambiarnos de ropa. Yo me puse  una falda azul claro que me encantaba pero me quedaba grande. Así que me puse un “espendible” a cada lado para que no se me cayera. Luego me puse una camisilla que combinaba muy bien con la falda, pero tenía uno de los manguillos descocidos. Para taparme el manguillo roto, me puse encima un bolerito que era todavía más viejo. Terminé poniéndome unas sandalias viejas, que ni siquiera me pertenecían, y me puse mi corona. A todas estas yo me sentía preciosa. Hasta… que llegue a la Iglesia. Todas las demás princesas se veían espectacularmente bellas y yo… demás esta decir que me sentía. Así pasé aquella noche, no cómo princesa sino como cucaracha.

Llevo muchos años luchando conmigo misma y sólo Dios sabe cuantas lágrimas he derramado cuando se trata de este tema. Pero, sin yo saberlo ya Dios había comenzado a restaurarme.  En junio 2006, durante nuestro viaje a Guatemala, una mujer y esposa ejemplar, me dio estas palabras de parte del Señor; “Tu eres mi princesa, mi novia, mi amada. He callado a los ángeles para escuchar tus oraciones. Te he visto llorar en las noche y tus lagrimas han sido olor grato a mi.”

Me profetizaron que yo sería como Ana…  ciertamente Dios hizo un pacto conmigo, al igual que lo hizo con ella. Aquella noche cuando de rodillas lloraba pidiéndole al Señor que me sanara y me restaurara como mujer, le prometí que le entregaría mi hijo como pacto.  

Continuará…

Quiero compartir unos eventos que para mi han sido, hasta ahora, los tres grandes desbordamiento de fe en mi vida.  El primer desbordamiento de “fe” ocurrió luego de que a Mami se le diagnosticara el cáncer. El “desbordamiento” no ocurrió cuando me enteré de la noticia, sino cuando ya empecé a ver su deterioro a causa de la quimioterapia. En esos últimos meces visité, casi todos los Domingos,  la Iglesia a la cual Mami asistió.

Ciertamente la fe de mi madre, hacía que yo no dudase de que Dios la fuera a sanar.   Las últimas palabras que escuche de ella, me las dijo un sábado de noche en la habitación del hospital; “Dámaris no te preocupes que Dios me va a restaurar”. Al otro día (domingo) me paré frente a la congregación a testificar y citar lo que ella me había dicho. Después de aquellas palabras en aquella noche, Mami no me volvió a hablar. Le rogué que me hablara una vez más, que me explicara lo que me había querido decir… pero su mirada se perdía cada vez más y sus ojos se empezaban a nublar.  

Cada uno de sus hijos tuvimos la oportunidad de estar con ella a solas y despedirse por unos minutos. Le hablé, le dije cuanto la amaba. Le dije que todos estaríamos bien, que se podía ir tranquila. Dejé de creer que Dios la sanaría… sencillamente dejé de creer. Me acerque a su oído y le dije “Mami, si Dios realmente existe dile que te lleve con Él”  Por cinco años me sentí culpable de su muerte. 

El segundo desbordamiento de “fe” ocurrió hacen tres años atrás. Tuve una compañera maestra con la cual me identifiqué ciegamente. Esta maestra era rechazada por la mayoría de la gente. De sólo mirarla se sabía que no estaba en sus cabales. Además de que practicaba la santería y el ocultismo.  Pero, había algo inexplicable me que unía a ella.

Una tarde me pidió que fuese a su casa a conectar su computadora a la Internet y sin problemas accedí. En mi vida jamás pensé que pasaría por una experiencia tan atormentante como esa. No tengo palabras suficientes para explicar todo lo que vi. Regueros por todas partes, sucio, comida podrida, gusanos, animales clavados en las paredes, muñecos sentados por todas partes, santos, coronas, basura amontonada, imágenes, velas, gárgolas, cucarachas, ratones, excremento… cosas horribles. Con todo eso, me quedé allí.  Mientras trabajaba con la computadora sentía unos deseos grandes de vomitar. Yo decía en mi mente; “No me importa lo que yo vea a mi alrededor, yo sólo vengo a ayudarla a ella”. Desde ese momento mi relación con ella se hizo cada vez mas fuerte.  Sentía gran compasión por ella. Una persona mayor de edad, que vivía sola, y para colmo! tenía hasta un parecido físico a mi mamá.  

Luego de unos meces le diagnosticaron cáncer en el cerebro, un golpe muy fuerte para mi. Ya le había cogido tanto cariño que estuve con ella antes y después de su operación. Verla en aquella cama de intensivo fue como revivir lo que había ocurrido con mi mamá. Estuve a punto de llevármela vivir con nosotros por el tiempo que le tomase recuperarse de la operación.  Seguí visitando su casa y entonces con más frecuencia. Me sentía responsable de llevarle comida y cuidarle. Cada visita era una experiencia más y más horrorosa. Ella me contaba de los brujos, los cosa horribles que hacía y lo que Satanás le decía al oído… yo seguía repitiendo en mi mente;  “No me importa lo que yo escuche o vea a mi alrededor, yo sólo vengo a ayudarla a ella y sólo voy a ver su corazón” Cada vez que salía de esa casa, lloraba y lloraba sin parar. Llegaba a casa desesperada por bañarme y tratar de despegar de mi cuerpo ese olor tan desagradable y de mi mente todas esas escenas… fue así que me volví a acordar de Dios.  

Ya me estaba afectando tanto la situación que un día llamé a un pastor y le pedí que por favor fuese conmigo a la casa de esta persona para que orara por ella. Repetí estas palabras todo el camino hasta llegar a su casa; “Dios tú me debes un milagro. Lo que no hiciste con Mami, lo tienes que hacer con ella. Si no la vas a sanar haz que ella se arrepienta y te acepte esta noche.”  Llegamos a su casa, ella… sólo se rió del pastor. A todo lo que le decía el pastor ella contestaba con frases burlonas. Yo sentía que mi corazón iba a quebrar. No podía creer que Dios permitiese lo que estaba pasando.  

Salimos de allí… el pastor me dijo que vio en las gárgolas la cara de demonios riéndose y burlándose de nosotros.  Además, sintió un fuerte olor a azufre. Me advirtió que no debía regresar a esa casa. Lloré desconsoladamente, grité, grité y lloré. Nunca más volví, pero me quede con una atadura satánica de la cual ¡Gracias a Dios! me liberé hace prácticamente un año atrás. 

El tercer desbordamiento de fe ocurrió el mes pasado, del cual ustedes han sido testigos (Testimonio Parte II). Pensé que sería el cumplimiento de la promesa de hijos para Edward y yo. Sólo que esta vez, a pesar de que no fue el resultado que yo esperaba, mi FE no ha decaído. Es más, se ha hecho mucho más grande y fuerte. Dios ha de cumplir el pacto que hizo conmigo en marzo del 2006 mientras Edward se encontraba en Guatemala.

Continuará…

Creados para Expandir el Reino

El testimonio de un creyente nunca termina pues las bendiciones del Señor son nuevas cada mañana. No lees esto por casualidad. Dios te trajo hasta aquí para que creas en Él y seas testigo de lo que Él es capaz de hacer en la vida de los que creemos en su hijo Jesús. Declaro una palabra de bendición y transformación para tu vida.

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