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 Amargamente lloro en las noches, mis lágrimas están en mis mejillas, no tengo quien me consuele, todos mis amigos me han faltado, me acusan, me señalan, se han vuelto mis enemigos.

Siento una gran amargura, estoy afligida. Aquella hija de quien se sentían orgullosos ha desaparecido, toda mi inocencia, toda mi hermosura está de luto.

He perdido las fuerzas, ya no soy la valiente, la que luchaba, a la que todos  admiraban. Grito por dentro. ¡Socorro, auxilio! Más no hay quien me ayude.

Cada día revivo mi pasado, cada día martilla en mi mente cada cosa que he hecho. Si tan solo pudiese darle para atrás al tiempo, aquellos días cuando era feliz, aquellos días agradables. Ahora siento que todo apunta contra mí.  

 ¡No! No lo puedo decir, si lo hago me van a menospreciar, seré una vergüenza para mi familia. ¡Soy inmunda, no merezco vivir!  ¡Dios ayúdame, auxilio! ¡Mira mi aflicción!

Fui yo quien le abrí las puertas a Satanás, fui yo quien cometí el error. Yo sabía que lo que hacia no era correcto.  ¡Auxilio Señor! Mira que estoy abatida. ¿Acaso no tienes compasión de mí? Me estoy consumiendo, estoy desolada, estoy atrapada, no sé que hacer.

¡Estoy atada! No tengo fuerzas para escapar. No me puedo levantar.  Por esta causa lloro. Mis ojos, de mis ojos fluyen aguas. Me revelé contra ti. Mira Jehová estoy atribulada. Mis entrañas hierven, mis entrañas duelen. Mi corazón se trastorna dentro de mí.  

Por fuera todo es apariencias, más por dentro estoy muriendo. Mi mundo está destruido. Mi casa se me cae encima. Hay un fuego horrible que me devora, que me consume. Todo se derrumba a mí alrededor.  

Se multiplica en mi la tristeza y el dolor. Los muros que construí a mí alrededor se destruyen. Cerré las puertas de mi corazón con llave, para que no me volvieran a lastimar y ¡mira! Lo hacen, me lastiman una y otra vez.   Mi corazón está adolorido. ¿Acaso no has visto cuánto  daño me han hecho?

El rencor me inunda, no les puedo perdonar. Siento odio… no los quiero ver. Quiero estar sola. Mírame, estoy seca, mi carne se pega a mis huesos y mi corazón  está a punto de estallar. No soy nada, no tengo nada.

¿Soy yo, aquella de la conducta intachable? ¡No! Lo más preciado de mi, mi tesoro, lo he perdido. Soy la que derrama lágrimas cual arroyo día y noche, no descansan, no cesan de llorar las niñas de mis ojos.  

¡Padre! Derramo como agua mi corazón ante tu presencia. Alzo mis manos implorando por mi vida. ¡Señor me muero! Tengo miedo. Ya no quiero estar en tinieblas. Necesito ver tu luz.  Mis huesos están quebrantados, no puedo más. Siento cadenas en mis pies. Escucha mi oración. Me persiguen… me atribulan, son más fuerte que yo. Me hieren, me amargan. Perecen mis fuerzas y mi esperanza.  

¡Señor acuérdate de mí! En mi niñez te conocí. Estoy arrepentida.  Sé que eres un Dios de mi misericordia. Tus misericordias son nuevas cada mañana. Tú no desechas para siempre.  

Hoy decido volverme hacia ti. Levanto mi corazón y mis manos a ti. ¡Mírame! Mírame desde los cielos. Tómame, como toma el barro el alfarero. Hazme de nuevo. Estoy sedienta de ti. Me arrepiento de mi pecado y de mi maldad.  ¡Padre! Me siento huérfana sin ti. Esperaré en silencio por tu salvación. ¡Señor! Estoy dispuesta a esperar. 

Por Dámaris Velázquez – 25 de octubre de 2007  

Este monólogo lo escribí para la Charla: Perdón Total que ofrecí en el Retiro Pacto con Dios que tuvimos en la Iglesia a finales del pasado mes de octubre.  Fue inspirado en el libro de Lamentaciones, escrito por el profeta Jeremías, donde describe crudamente el cautiverio del pueblo de Israel a causa del pecado que había cometido.  

Si ha tocado tu vida algo de lo que está escrito, permíteme decirte que la cura para todas tus angustias, cautiverio y sufrimientos están en la Sangre de Jesús. Sangre que fue derramada en la cruz, para que pudiésemos recibir liberación y el perdón total de nuestros pecados. Cuando recibes a Jesús, recibes perdón judicial (Dios es el único juez y te mira con misericordia a través de su hijo Jesús), perdón paternal (Dios nos perdona como padre y nos ama a pesar de nuestra condición) y el perdón terapéutico (no hace capaces de perdonar a los que nos han hecho mal y nos llegamos a perdonar a nosotros mismos).  

Jesús murió por causa de tu vida y la mía. Declaro una palabra de liberación de depresión y opresión sobre tu vida y la de los tuyos, en el nombre poderoso de Jesús.  

Me preguntaba qué ganamos de haber pasado la niñez en la Iglesia “24-7”. Si fue o no necesaria esa etapa de mi vida y en la de mis hermanos. Y qué propósito tiene en lo que somos hoy día. Recuerdo asistíamos a la Iglesia casi todos los días y teníamos mucha participación como familia. Mis padres, en un tiempo pastores, nos criaron con el temor de Dios y gran parte de lo que recuerdo giraba en torno a la Iglesia y su ministerio.  

Esa tarde salí de la escuela donde trabajo como maestra, al “beauty” en Cataño, un pueblo muy pintoresco donde me crié. Envuelta en estos pensamientos y  cuestionamientos me desvié de la ruta que usualmente sigo y llegué a la calle principal del pueblo. Observo a la derecha a tres hombres que de primera impresión me parecieron drogadictos.  Uno de ellos lo reconocí de inmediato. Recuerdo asistía a la Iglesia Pentecostal donde perseveramos por varios años. Recuerdo a este señor, relativamente joven, siempre estaba encorbatado y hablando de Dios. Al verlo ahora, en esas condiciones, vino a mi el siguiente pensamiento; “Si yo siendo una niña aún, recuerdo quien es él, ¿cuánto más se acordará Dios de él, que fue quien lo creó?” Esas palabras siguieron retumbando en mi mente y en mi corazón. Sentí que se lo tenía que decir. Así que regresé al sitio donde lo había visto, sólo que ya no estaba. Busqué entre las calles y ya no vi rastro de él. Luego de un rato buscando… me resigné.  

Salí del “beauty” y visité a mi abuela, quien vive por el área, por unas horas. Ya lista para montarme en la guagua e irme, veo nada más y nada menos que al señor a quien había visto esa tarde. Éste se dirigía a pasar por donde yo estaba. Con una cerveza en su mano derecha y hablando solo. ¡Claro que lo detuve! Me miró raro y se echó a reír.  ¿Te acuerdas de mi? le pregunté. ¡Yo si me acuerdo de ti! le dije eufórica. Le expliqué que lo había conocido en la Iglesia de pequeña. Luego de un rato tratando de explicarle a que familia pertenezco, se acordó de mis padres y de mis hermanos mayores. “Si yo siendo una niña aún, recuerdo bien quién eres, ¿cuánto más se acordará Dios de ti que fue quien te creó?” le dije. Inmediatamente salió a la defensiva diciéndome molesto que él había estudiado teología y psicología. Que Dios no estaba en las iglesias, que Dios estaba dentro de su lata de cerveza. Y comenzó a recitar versículos bíblicos.   Efectivamente estaba hablando con una persona que había conocido muy bien quien era Dios, conocía muchísimo de la Biblia.  Sin embargo era evidente que su vida no pertenecía a Jesús. Yo le hablé lo que Dios puso en mi mente y en mi corazón. Él… entre burlas y risas me escuchó. Yo hice mi parte, lo demás le corresponde a él. 

Me pregunté nuevamente, ¿qué gané? Si no hubiese sido criada en aquella Iglesia ¿reconocería yo a este hombre al cual Dios me envió a hablar? O por el contrario ¿lo vería como a algún extraño que quizás vi algún domingo o el Viernes Santo que fui a la Iglesia?  ¿Sería para mi… quizás la que se sienta siempre en la banca tal de la Iglesia, el que es familia de fulano o zutano, el del pelo rubio, la peli negra, o simplemente el que vemos y ya no conocemos?  De algo puedo estar segura, Dios lo tiene en su mente. Isaías 49:16 me dice “En las palmas de las manos te tengo esculpida” Dios conoce quien es él, conoce su necesidad, conoce su nombre y nunca lo olvidará. 

                                                Continuará…… Testimonio VII estará disponible a partir del 1 de junio de 2007

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Durante el mes de febrero viajé a Miami para asuntos de la Universidad en la cual estoy estudiando. Por aquello de no hacer gastos excesivos me quedé esos días en la casa de mi  tía Cuca, Joan y Alisa. No hice más que montarme en el avión cuando ya comenzaba a llorar… sabía que iba camino a iniciar lo que será una nueva etapa en mi vida y el logro de uno de mis grandes sueños, hacer el doctorado.  Así que me pasé el viaje llorando de felicidad y emoción.

Llegué al sitio de alquiler de autos, por que tendría que viajar bastante desde la casa de titi a la Universidad. Cuando voy a recoger el carro barato por el cual pagué no quedaba ninguno, así que me dieron a escoger entre un Jeta convertible o un Monte Carlo del año. Había ofrecido la disposición de mi carro a los compañeros, así que opté por el carro grande con botones sofisticados.

Salí la mañana siguiente con un mapa de la ciudad y un mapa que me hizo mi prima dónde me indicaba cómo llegar de regreso a la casa. Llegué a la Universidad sin problemas mayores, a pesar de la emoción y la euforia que me causaba esta nueva experiencia fue un día extremadamente agotador.  Voy de regreso a la casa, siguiendo con toda mi seguridad el mapa. Ya no sé en que momento cometí el error que me llevó a perderme por más de cuatro (4) eternas horas. Pregunté, grité, oré, peleé, canté, volví a preguntar, me reí, lloré y para colmo había dejado el celular en la casa. Luego de estas horas de angustia una persona me llevó hasta la casa ya pasadas las 11:00 p.m. 

Me levanto la mañana siguiente y mientras me cepillaba los dientes viene a mi mente, repetidas veces, una canción que escuche la noche anterior que decía algo así; “Voy viajando por estas carreteras que son nuevas para mí, tratando de buscar la dirección de cómo llegar a ti” y comienzo a llorar. Pasó por mi cabeza, como una película, cada cosa que viví. Todas las personas a quienes había preguntado, las veces que me desesperé, mi actitud, las veces que oré y cómo fue que finalmente llegué de regreso. De cada uno de estos momentos Dios me ministró su significado.

Las cuatro largas horas comenzaron cuando le pregunté a la señora del peaje si me faltaba mucho para mi salida y a gritos me dijo que tomara la próxima salida. No se cuantas veces hayas pedido direcciones en un peaje, lo que si puedo decir es ¡que cuando uno necesita dirección, no puede detenerse a preguntarle a la gente que tiene prisa y sólo quiere salir de ti! Me detengo en un puesto de gasolina y le pregunto a esta señora, quien se baja de su auto y comienza a mirar a todos lados. Me dice una y otra vez; “Te juro que yo soy de aquí, toda la vida he vivido aquí y no se explicarte como llegar”. En nuestro caminar y en la búsqueda de un encuentro con Dios nos vamos a encontrar con personas que dicen que han vivido toda su vida en fe, que tienen toda la experiencia para darte el mejor consejo, sin embargo no saben como explicarnos cómo se llega a Él.

Seguí mi camino y ya empezaba a oscurecerse. Me detengo y le pregunto a este caballero, quien coge el mapa en sus manos y me dice “Tu sí que estás bien lejos, sigue derecho por esta carretera y pregunta más adelante”. Cuando nos sentimos perdidos, no faltarán las personas que en lugar de darnos ánimo querrán hacernos sentir que es imposible llegar. Llego a otro peaje y me detengo nuevamente a preguntar. “Salte en la próxima salida” me dice la señora gritando. Ya aquí empecé a llorar. Cuando las personas no se identifican con nuestro problema o nuestro dolor, sólo nos dirán cosas que nos lastiman y hieren nuestra sensibilidad,  harán que en vez de llegar nos perdamos más.  

Llegó el momento en que nada me hacía sentido, las carreteras y los números me parecían los mismos. Comencé a doblar por una y otra carretera seleccionando al azar… ahora doblo a la derecha y ahora a la izquierda, ahora por aquí y ahora por acá. Se hacía cada vez más tarde. Empecé a desesperarme, cuando escucho en la radio la canción; “Voy viajando por estas carreteras que son nuevas para mí, tratando de buscar la dirección de cómo llegar a ti”.

Me detengo una vez más en otro peaje, sólo que esta vez voy a la caseta principal. Voy llorando donde las señoras y les suplico que por favor me explicaran como llegar a la casa. Una le dice a la otra con cara de pena; “Oh, she just wants to get home” (Oh, ella sólo quiere llegar a su casa) y muy amablemente me hicieron un nuevo mapa de cómo llegar. Me dijeron; “no te desesperes que si sigues estas instrucciones vas a llegar”. Pero ya yo estaba desesperada. Y por más que traté de seguir las instrucciones el cansancio me empezaba a agobiar. Para otros los consejos ¡más claros no se pueden dar! sin embargo nuestras fuerzas se agotan y por nosotros mismos es imposible llegar.

Ya había cruzado toda la Calle Ocho de Miami, y me detengo a preguntarle a un señor que distribuye alimentos, pensando “este sí sabe de carreteras y me puede explicar”. Menos mal que hablaba español, por que ya ni siquiera el inglés entendía. Me dice: “No estas tan lejos. Si fueras de aquí te diría que dobles a la derecha y luego a tomas el expreso y la siguiente salida es la tuya. Pero como no eres de aquí tendrás que virar y cruzar toda la Calle Ocho de nuevo”. Entre las luces y el tráfico me había tomado más de cuarenta (40) minutos cruzar la Calle Ocho, por lo que me dije a mi misma; “Yo no soy de aquí, pero voy a guiar como si fuera de aquí” Doble a la derecha, cogí el expreso… y me volví a perder. Cuando no hemos vivido las experiencias de los demás, de los que ¡si son de aquí! el camino se nos hace el doble y complicado, tendremos que pasar una y otra vez por las situaciones hasta que aprendemos. Pero cuando nuestra actitud es la de ¡yo no voy a volver a pasar por lo mismo! Sabiendo que aún no hemos madurado lo suficiente, nos volvemos a perder.  

Decido preguntar por última vez a un joven quien se detuvo a mi lado. “Por favor, me puedes decir cómo llegar a este sitio”. Me dice “Yo vivo por allí y me hizo señas para que nos detuviéramos a orillas de la carretera. “Es bien fácil llegar, lo que pasa es que yo no voy hacia allá ahora. Dobla en la calle #tal y luego en la calle #tal” y siguió mencionando números y calles.  Para mi… otro más que me explicaba. Le di las gracias y seguí mi rumbo.

Ya me había dado por vencida, pensaba echarme a un lado de la carretera a llorar, cuando ¡¡¡me meto en contra de tránsito!!! La gente empezó a gritarme, a hacerme señas y a hablarme malo. Yo sólo bajé el cristal y empecé a gritar en llantos “Es que ustedes no entienden que yo no soy de aquí”. Cuando cometemos errores no faltará la gente que nos grite y nos señale lo mal que lo hemos hecho. Que nos digan ¡Bruta(o)! ¿Cómo es posible que hicieras esto o aquello? Gente que sin misericordia quieran lastimarnos y humillarnos, por que saben que lo hicimos mal. Le di la vuelta al carro y salí por donde mismo entré. Si había cometido el error, pero me di cuenta de que era cuestión de dar la vuelva y seguir el camino correcto.

Pensé que jamás llegaría a la casa. Cuando me toca bocinas el joven, a quien último le había preguntado y me dice “Sígueme, yo sé que sola no vas a poder llegar”. Ya aquí no me quedaba otra opción que confiar en él y seguirle. Viajamos un largo tramo y lo que el hacía yo lo hacía con tal de no perderlo de vista. Nos detuvimos en dos sitios diferentes y me pregunta; ¿Es aquí? “Se parece pero no es” le dije en las dos ocasiones. Dios sabe cuánto podemos soportar. Justo en el momento en que creemos que el mundo se nos viene encima, Él envía sus Ángeles en nuestro socorro, que no nos soltarán hasta tanto hayamos llegado a lo que Dios tiene destinado para nuestra vida. El punto en el mapa dónde debemos estar.

El mapa de nuestra vida esta perfectamente diseñado por Dios desde antes de la fundación del mundo. ¿Hacia dónde diriges tu vida?  

Contunuará…

Testimonio Parte VI estará disponible a partir del 1 de mayo de 2007

Creados para Expandir el Reino

El testimonio de un creyente nunca termina pues las bendiciones del Señor son nuevas cada mañana. No lees esto por casualidad. Dios te trajo hasta aquí para que creas en Él y seas testigo de lo que Él es capaz de hacer en la vida de los que creemos en su hijo Jesús. Declaro una palabra de bendición y transformación para tu vida.

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